No tengo a nadie, ¿seré pues, libre?

Hace un tiempo me explicaron que la necesidad de amar no era sino elegir bien a quién te hará daño. Nada fácil, de acuerdo, ya que mientras que la felicidad que provee el amor es claramente inconmensurable, cierto; el ámbito general para el sufrimiento es ilimitadamente superior. Así, llego a La vie devant soi, una joya, delicada, bella, sobria y de alguna forma serena y profundamente triste.

Desde que presto más atención a las recomendaciones culturales de mis amigos en detrimento de las de los diarios comerciales, duermo menos. Y soy más feliz.

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