Velocidad constante

Debajo de un árbol pasan cosas extraordinarias. En verano, a las cuatro de la tarde, leyendo un libro. Un insecto, atraviesa la página 159. En línea recta, velocidad constante, casi de forma automática. Paradójicamente, los movimientos de sus seis patas son tan rápidos que apenas se perciben como un difuso halo, cuando en realidad, coordinan perfectamente las flexiones y rotaciones de decenas de artejos. Se diría que su cerebro desconectó, y un programa automático, avance, está siendo ejecutado.

El insecto llega al borde inferior de la página. Durante un instante se detiene, mueve las antenas, duda, para brevemente reanudar la dinámica anterior: mirada al frente, velocidad constante, ritmo frenético pero perfectamente coordinado de sus músculos. Esta vez, por el borde mismo de la página 158.

Me pregunto en qué épocas de nuestra vida movemos las antenas; en qué otras batimos frenéticamente los músculos. ¿Qué ocurre entre el último examen de la carrera y tu primer hijo? ¿Qué ocurre desde que apruebas una oposición hasta que te jubilas?

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